Pasolini y la enseñanza de las cosas

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Pasolini y la enseñanza de las cosas

Durante 1975, su último año de vida, Pasolini publica en el diario Il Mondo un “tratadito pedagógico” en varias entregas, bajo el título Gennariello. El destinatario de este texto es un joven napolitano de 17 años imaginado por Pasolini. Gennariello ha de ser, en la fantasía de su autor, bello de cuerpo y de alma; y esto es posible por su proveniencia napolitana: “Nápoles es todavía la última metrópoli plebeya, la última gran aldea. (…) La vitalidad siempre es una fuente de afecto y de ingenuidad. Y en Nápoles tanto el chico pobre como el chico burgués están llenos de vitalidad.”

Pasolini “elige” a este joven como destinatario de sus reflexiones sobre el proceso de creciente degradación de la sociedad burguesa –proceso al que no escapa ninguna clase social ni ninguna generación. Por ello, este hermosísimo texto se constituye en algo así como el testamento íntimo que Pasolini nos lega a quienes somos, todavía, sus contemporáneos.

Reproducimos a continuación algunos fragmentos de Gennariello. (Publicado en castellano en Cartas luteranas, Trotta, Madrid, 1997. Editado por LA OTRA):

SOMOS DOS EXTRAÑOS: LO DICEN LAS TAZAS DE TÉ

Nunca me cansaré de repetirlo: yo, al hablar contigo, acaso tenga la energía necesaria para olvidar, o pretender olvidar, lo que me ha sido enseñado con palabras. Pero jamás podré olvidar lo que me han enseñado las cosas. Entonces, en el ámbito del lenguaje de las cosas, lo que nos aparta es un auténtico abismo: esto es, uno de los saltos generacionales más profundos que recuerda la historia. Lo que me han enseñado las cosas a mí, con su lenguaje, es completamente distinto de lo que las cosas te han enseñado a ti. Sin embargo, querido Genariello, lo que ha cambiado no es el lenguaje de las cosas: lo que ha cambiado son las cosas mismas. Y han cambiado de un modo radical.

Me dirás: las cosas siempre están cambiando. «’O munno cagna». Es verdad. El mundo cambia eterna e inagotablemente. Pero una vez cada varios milenios se produce el fin del mundo. Y lo que se ha producido entre tú, con quince años, y yo, con cincuenta, es el fin del mundo. Mi figura de pedagogo se halla entonces en una crisis irreversible. Ahora ya no puedo enseñarte las cosas que me han educado a mí, ni tú puedes enseñarme las que te están educando a ti (o sea, las que estás viviendo). No nos la podemos enseñar mutuamente por la sencilla razón de que su naturaleza no se ha limitado a mudar alguna de sus cualidades, sino que ha cambiando radicalmente en su totalidad.

Observemos un fenómeno que parece irrelevante. Desde hace un tiempo se volvieron a poner de moda los «objetos» de los años 30 y 40; y yo estoy haciendo un film que está ambientado, precisamente, en 1944. Por eso, cada día estoy obligado a observar -con esa mirada despiadada e inventariante que exige el cine- los objetos que filmo. Estoy filmando en estos días una escena en que dos señoritas burguesas toman el té, por lo cual tuve que observar muchas tazas de té.

Mi director artístico, Dante Ferreti, había hecho las cosas a lo grande: consiguió para esa escena un juego de té muy valioso, unas tacitas amarillas con manchas blancas en relieve. Como están relacionadas con el universo de la Bauhaus y de los bunkers resultaban angustiosas. No podía mirarlas sin sentir en el corazón una punzada seguida de un profundo malestar. Sin embargo, las tacitas tenían una cualidad misteriosa, compartida con los muebles, las alfombras, los vestidos y los sombreros de las señoritas, por los utensilios y hasta por el empapelado; esa cualidad no causaba dolor, ni obligaba a un regreso violento (que he soñado por las noches) a épocas anteriores y atroces. Hasta proporcionaba alegría. Esa cualidad misteriosa era la del artesanado. Hasta 1950 el mundo fue así. Las cosas todavía estaban hechas con manos humanas: manos pacientes de carpinteros, de sastres, de ceramistas. Se trataban de cosas que tenían un destino humano, es decir, personal. Luego ese espíritu se acabó de repente, justo cuando tú empezabas a vivir. Ya no hay continuidad, para mí, entre aquellas tacitas y un vasito de ahora.

El salto entre el mundo consumista y el mundo paleoindustrial es todavía más profundo que el salto entre el mundo paleoindustrial y el preindustrial. En realidad este ha quedado definitivamente abolido, destruido, únicamente hoy. Hasta hoy le ha proporcionado valores a la burguesía paleoindustrial, aún cuando ésta los mistificaba, los falseaba y a veces los volvía horrorosos (como hicieron el fascismo y todos los regímenes clerical-fascistas). Falseados y todo, vueltos horribles en el plano del poder, no por ello dejaban de ser reales en el plano del mundo dominado por el poder: mundo que en la práctica había seguido siendo, en gran medida, campesino y artesanal.

Desde la época en que tú naciste esos mundos humanos y esos valores antiguos ya no están al servicio del poder. ¿Por qué? Porque ha cambiado cualitativamente el modo de producción de las cosas.

La verdad que tenemos que decirnos es la siguiente: la nueva producción de las cosas te da a ti una enseñanza originaria y profunda que yo no puedo comprender (entre otras cosas, porque no quiero). Y esto explica una extrañeza entre nosotros dos que no es meramente la que durante siglos han separado a los padres de los hijos.

Cómo ha cambiado el lenguaje de las cosas

Cuando yo, a tu edad, caminaba por los suburbios de una ciudad (Bolonia, Roma, Nápoles…), lo que aquellos suburbios me decían era lo siguiente: aquí viven los pobres y la vida que aquí se lleva es pobre. Los pobres son obreros; y son distintos de los burgueses. Quieren, por lo tanto un futuro distinto. Pero el futuro tarda en llegar. Por eso su mañana se parece inmensamente al hoy, es un hoy que se repite. Los hijos tienen asegurada una existencia parecida a la de sus padres. La revolución tiene la pereza del sol sobre los campos medio pelados, sobre las barracas. Todo esto no hiere al pasado, no desgarra sus valores. La vida urbana todavía es campesina. El mundo obrero es físicamente campesino. El paisaje puede contener una nueva forma de vida (casuchas, edificaciones), pero su espíritu es idéntico al de las aldeas, al de los caseríos. Y la revolución obrera tiene este espíritu.

En cambio, si tú caminas ahora por un suburbio, te dirá: aquí ya no hay espíritu popular alguno. Obreros y campesinos están «en otra parte», aún cuando vivan todavía aquí. Las villas miseria (gracias a Dios, por cierto) casi han desaparecido. Pero han crecido enormemente los complejos de grandes edificios. No puede hablarse ya de una amalgama con el antiguo mundo campesino. Los desperdicios son un cuerpo extraño y espantoso. Los riachuelitos son aterradores. El derecho de los pobres a una existencia mejor tiene una contrapartida que ha terminado por degradar esa existencia. El futuro es inminente y apocalíptico. Los hijos se han desgajado del parecido con sus padres. De revolución ni siquiera se habla; y menos todavía cuando se habla de ella frenéticamente (un frenesí que los hijos de los obreros han aprendido de un modo humillante de los hijos de los burgueses). La distancia con el pasado y la falta de vínculo con el futuro (aunque sea ideal y poético) son absolutas.

Los centros de las ciudades, durante toda la vida, me habían garantizado la inalterabilidad de la tradición humanista y, por lo tanto, un carácter de la vida, tanto burguesa como popular, fundamentalmente conservador (que una eventual revolución debía «regenerar» pero no cambiar). A ti en cambio los centros de las ciudades te hablan de un problema relativo a su conservación física, su supervivencia material; de la incompatibilidad entre su estructura y la calidad de vida de una masa consumista burguesa y obrera nace un caos para el cual tanto la palabra «conservación» como la palabra «revolución» ya no tienen ningún sentido.

(Pier Paolo Pasolini, abril/mayo de 1975)

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