Infancia y cine… Mis pequeños amores, de Jean Eustache

JUEVES 17 DE ABRIL
Mis pequeños amores, de Jean Eustache

Francia 1974 123´

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por Lucía Torres
Estamos habitados de imágenes. También un sonido, un olor o un sabor pueden ser motivos de recuerdo, pero siempre, siempre, volvemos a las imágenes. Como en los sueños.
Vivir es acumular miles de imágenes adentro nuestro. Entonces, si la memoria es esencialmente imagen y el cine también, tenemos un puente ya tendido entre ellos. El cine, a su vez, nos hace creer que es posible trascender el paso del tiempo: ante tanto caos de lo que ya no existe, una imagen sólo nuestra de pronto se convierte en una imagen externa. La ponemos allí, sobre la mesa. Como una foto. Así, frente a frente, se ve más clara. Y permanece.
Jean Eustache, a sus 36 años, también buscó en el cine una manera de mirar su vida y entender de dónde venía. Puso su historia, frente a frente, y la miró. “Mis pequeños amores”
es así una películarecorrido que protagoniza Daniel, ese niño que evoca el recuerdo de sí mismo. La propuesta es transitar junto a él la extraña frontera que existe entre el fin de la niñez y el inicio de la adolescencia.
Daniel vive en un pueblo del interior de Francia junto a su abuela. Cuando termina el primario, su madre decide llevarlo a vivir con ella a la pequeña ciudad de Narbona. Al llegar, se encuentra con que ya tienen planes previstos para él. El colegio secundario se cambia por el trabajo en un taller de reparación de bicis, junto a un jefe insoportable que es el hermano del novio de su madre. De ese dudoso trueque que hacen entre estos adultos, Daniel no ve un centavo. Pero él tiene claro que quiere estudiar y que los niños como él no trabajan. O que quienes trabajan ganan un dinero a cambio. En ese tiempo sin opciones, donde aún no tiene edad para elegir, Daniel recorre esta ciudad mucho más grande que el pueblito del que viene, donde los viajes en bicicleta por las callecitas de Pessac se cambian por largas caminatas urbanas y nuevos amigos mucho más grandes que él. Con ellos se sienta por las tardes en un café a mirar las chicas lindas que pasan, o a fumar largamente un cigarro. Este niñohombre que apenas ronda los 13 años, aprende a definirse, a enfrentar los mandatos y a buscar el placer. Se conoce a sí mismo en ese devenir de la vida que llega muy temprano, donde los afectos reales están lejos de la madre autoritaria o el padre ausente. Esta su abuela, sí, pero a un largo tren de distancia. En eso, el cine y su sala oscura se convierten en refugio, y mirar una película con una bella mujer en la pantalla puede ser también el momento para besar a una por primera vez.
Todo el tiempo creemos mirar a Eustache en ese niño. A los recuerdos que deseó compartir con nosotros. En momentos muy bellos, un brusco fundido a negro nos sorprende y cierra esa secuencia. Así funciona también nuestra memoria. Quizá Eustache logró encontrar también una estética para sus recuerdos: aquel 35 mm profundo y granulado, los colores
desteñidos. El silencio.

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