El Castillo, de Aleksey Balabanov

Rusia –  1994 – 120 min

JUEVES 14 DE ABRIL A LAS 20:30 HS EN EL TEATRO LA LUNA

Pasaje Escutti 915 – Córdoba // Entrada libre – Contribución voluntaria

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Balabanov se muestra bastante respetuoso con la novela de Kafka, lo que hace especialmente brillante, entretenida y hasta divertida su versión de “El Castillo” –en palabras del propio realizador su intención era “…tomar un material intelectual y hacer con él un thriller”–, es la fascinante imaginería visual que utiliza para darle vida. Optando esta vez por un color brillante y a veces casi saturado, donde el blanco de un paisaje eternamente nevado juega un papel esencial, junto a unos interiores cálidamente tenebristas, que recuerdan a veces al fotógrafo checo Jan Saudek, el director dota a su película de un ritmo imparable y saltarín, homologable a los verborreicos monólogos de los personajes de la novela de Kafka, y a su mareante jerga burocrática, que esconde la falta de sentido que, en realidad, rige por completo este universo delirante y vacuo. A la hora de recrear iconográficamente este universo kafkiano, tan fantástico y fuera del tiempo y el espacio como el País de las Maravillas de Alicia, Balabanov utiliza un vestuario y ambientación renacentistas, que evocan los personajes de Brueghel y los pintores flamencos, a la vez que rodea estos de utensilios y accesorios propios de finales del siglo XIX y principios del XX: teléfonos, automóviles y coches de punto, máquinas ópticas, etc. El aire surrealista y grotesco de la historia se ve remarcado por una serie de bizarros rituales fijos, interpretados por los niños alumnos de la escuela del pueblo, que deben cantar distintas tonadas corales en ciertos momentos del día, acompañados por la música de organillo de extraños artefactos musicales, y que recuerdan a los escleróticos e inalterables rituales cortesanos que rigen el no menos kafkiano mundo de “Gormenghast”, creado por el escritor y artista británico Mervyn Peake. En otros momentos determinados del día, una piara de cerdos atraviesa ritualmente la taberna de punta a punta, sin ser importunada nunca por los clientes. En términos generales, Balabanov consigue no solo permanecer fiel a Kafka, sino reinventar su mundo en un estilo excéntrico y surrealista, que recuerda a directores como el polaco Woicjech Has y sus peculiares adaptaciones de Potocki, Bruno Schulz y Frederick Tristan, o al director, artista y animador checo Jan Svankmajer, especialmente en sus largometrajes más recientes como “Little Otik” (Otesanek, 2000) y “Lunacy” (Sileni, 2005), pero también en su obra maestra, del mismo año que “El Castillo”, “Fausto” (Lekce Faust, 1994).

Máquinas, sueños y pesadillas

El fonógrafo que insistentemente reproduce, una y otra vez, un fragmento de opera wagneriana, que al llegar a cierto punto se atasca y retrocede, también, una y otra vez, en “Happy Days”. La caja de música, con su bailarina mecánica incorporada, que parece ser el único tesoro del protagonista sin nombre del mismo filme. Artefactos que repiten siempre la misma acción, que cíclicamente retornan al punto sin retorno de su comienzo eterno, como metáfora quizá de los propios personajes del filme, condenados a representar una y otra vez sus papeles, en una perpetua búsqueda sin resultado, como marionetas de un destino sin destino final.

Los extraños y deliciosos instrumentos mecánico-musicales, que acompañan los cánticos rituales del coro infantil, marcando y separando, a su vez, distintos periodos temporales en el mundo atemporal y alucinado de “The Castle”. Su sonido de pianola mecánica, organillo eléctrico o caja de música, parece también el único posible en un universo mecánico, burocratizado y ritualizado hasta el último detalle, del que, sin embargo, nos faltan las instrucciones de uso.

Los discos de fonógrafo, las cámaras fotográficas de trípode, el primer cinematógrafo, su antecesor el kinetoscopio, el fonógrafo mismo… Instrumentos todos de grabación y reproducción de la imagen y la voz humanas, que juegan un papel fundamental en “The Castle”, “Morphia” y, sobre todo, “Trofim” y “Of Freaks and Men”. Maquinas y maquinaciones del deseo, que mantienen vivos a los muertos, que roban el alma a los vivos, que llenan el plano y el paisaje cinematográfico de Balabanov, compartiéndolo inquietamente con sus actores, quienes, a veces, parecen igualmente mecánicos y desprovistos de alma o voluntad propia. Universo de autómatas, vagamente hoffmaniano, donde lo inanimado cobra vida por medio de la técnica, y lo vivo se reduce a un recuerdo, una imagen mecánica de sí mismo. El cine, sobre todo, “Caja mágica: es lo que gobierna al mundo. Es un gran invento y es el tedio, un tedio ávido, malo. Es el cine…” (“Fábrica de sueños”. Ilia Ehrenburg).

Extracto del libro Aleksei Balabanov, Cine para la nueva Rusia” de Jesús Palacios

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