sobre El Estanque

“Como suele sucederle en lugares extraños, Gloria tiene sonambulismo”. A la cámara le
sucede lo mismo, se despega, el extrañamiento da cuenta de la sordidez de los materiales
que no le pertenecen al cotidiano.

¿de qué están hechas las imágenes de este mundo, si las miramos con los ojos abiertos de
los sonámbulos?

“Ahí tiene que haber una escalera para sea mi casa, tráeme la escalera para que pueda
salir”. Salir al hogar, a lo conocido, el ejercicio de mirar las ventanas por las ventanas, la voz de Gustavo leyéndonos nos abraza, la casa, la construcción de ese adentro amable donde permanecer a resguardo.

¿dónde descansa nuestro sonámbulo dormido?

Ese dulce y constante amor a los gestos cotidianos, nos mantienen despiertos en vida
apreciando la lluvia, los matices de la luz en el texturado piso, en los techos y en la arpillera antes de que se transforme.

“Gloria dice que si se despierta a un sonámbulo se lo daña de alguna manera”. Veo animales poderosos enjaulados, apresados, pienso en lo naif de su poder estando en
cautiverio. En los hombres con un plan para atrapar a ese poderío in fraganti, en el miedo que nos produciría enfrentarlos, en lo cobarde de las trampas y lo fácil que podemos ser atrapados por nosotros mismos. En el agua, los espejos, los animales libres a la vera del mundo del trabajo, comer lo que sobra, los cuervos pelados picotean los restos de la pesca.

“Están dentro del mundo, pero están fuera del mundo”. Los viajes, las transiciones del sueño, de esa vigilia repleta de luces a lo lejos. “No sé si está dormida o despierta, hay una frontera difícil de describir en los sonámbulos”.

El Estanque nos propone habitar un cuerpo sonámbulo y estar dentro y fuera del mundo
que nos construye sutilmente, ese lugar extraño, ese trance nos distancia con las imágenes, nos abisma a los miedos y nos pone a mirar con esos ojos, cuando nuestros pies caminan en lo ajeno de la noche.

Juan Bianchini

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sobre El Estanque

EL ESTANQUE, DE GUSTAVO FONTÁN

(Sobre textos del MANUAL PARA SONÁMBULOS de Gloria Peirano)

ARGENTINA – 2016 – 62 MIN

JUEVES 16 DE NOVIEMBRE – 20:30 HS 

CICLO TRILOGÍA DEL LAGO HELADO (VER PROGRAMACIÓN)

Función en el TEATRO LA LUNA Pasaje Escutti 915 – Córdoba

Entrada libre – Contribución voluntaria

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Un recorrido por el mundo cotidiano. Calles, plazas, zoológico, casas, techos, hombres, mujeres, rutas, pero todo mirado como si ese mundo fuese ajeno, estuviese perdido en el tiempo.
El mundo está ahí, pero ya no hay dónde posarse.
Una película que habla del mundo cotidiano, pero con la voz de los sonámbulos: una especie de continuo, nocturno y ciego, que nadie sabe bien qué es.

Textos: Gloria Peirano
Montaje: Mario Bocchicchio
Sonido: Andrés Perugini
Voz en off: Gustavo Fontán
Producción ejecutiva: Guillermo Pineles
Producción: Gustavo Schiaffino, Alejandro Nantón, Guillermo Pineles.
Coordinación de postproducción: Alejandro Nantón
Cámara, guión y dirección: Gustavo Fontán
Una producción de Insomniafilms, Terecera Orilla, Incaa

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“Si las palabras son continuas –dice Gloria–, existe entonces una posibilidad”. Un poco después, el propio Fontán dice: “Hay una frontera difícil de describir en los sonámbulos, viven en la rasgadura del hielo y desde allí hablan. Y lo que quieren es hablar, continuamente; que las palabras no cesen jamás”. En el cine de Fontán, siempre está presente una poética que organiza el todo; he aquí una declaración indirecta: hacer un filme cuyo punto de vista esté situado en la rasgadura. Todo lo que sucede en El estanque es la combinación de breves meditaciones sobre el sonambulismo, escenificadas en algunos tramos como si fueran esbozos de los sueños de Gloria Peirano, escritora y compañera del director, que además es sonámbula. El relato habla de un estanque, de un niño que lleva un hacha, de una mujer con cicatrices; algún plano ilustra algún recuerdo, alguno otro es una respuesta a una frase dicha en pleno trance. Pero todo es enigmático, porque el sonambulismo lo es. ¿Qué es un sonámbulo? Un hombre o una mujer que habla, se desplaza, abre los ojos, pero sigue durmiendo. El lenguaje suena, pero no hay exactamente un enunciador; se habla, sin que alguien hable. Bajo tales coordenadas simbólicas, Fontán se aventura en ese misterio. Que haya elegido filmar felinos, reptiles y cuadrúpedos no es una casualidad. El lenguaje separado de Gloria lo empuja a considerarla, intermitentemente, animal, pues cada vez que el lenguaje la abandona y una entidad ajena la ocupa, ella es pura animalidad. Es el filme más amoroso del director, y acaso también un filme de terror.

Roger Koza

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EL ESTANQUE, DE GUSTAVO FONTÁN

AQUELLO QUE MIRAMOS

sobre Lluvias

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¿Por qué escribimos diarios? ¿y por qué, si tenemos una cámara cerca, la encendemos para registrar una parte de nuestra vida? Se escucha un trueno y decimos: hay que grabar esta lluvia. Las personas que amamos deambulan por la casa y también las filmamos, las dejamos convertidas en una imagen. No sabemos cuándo ni cómo, ese material podría llegar a ser una película. Pero no estamos pensando en eso sino en la inmediatez, en la urgencia de que algo que es cierto ahora pueda seguir siéndolo unos años más tarde. Los recuerdos, a veces, se escriben en imágenes. Quizá por eso hacemos diarios. Para resistir el paso del tiempo.

Lluvias, la segunda película de la Trilogía del lago helado, entiende bien esta idea. Es cierto que mirando la filmografía anterior de Fontán podríamos reconstruir una buena parte de su historia personal, pero sucede que aquí el dispositivo es mucho más directo: es su propia mano la que tiembla cuando sostiene la cámara. La voz que escuchamos es (al fin) la suya. El joven que baila es su hijo, el padre es su padre, la mujer es su compañera. Esa sensación de verdad nos instala desde un comienzo ante un mundo sagrado, personal, al que sólo podemos acceder gracias a la película.

Un rasgo habitual en el cine-diario, tradición dentro de la cual podríamos inscribir a Lluvias, es constituir una suerte de homenaje a las personas que forman parte de la vida del director. En este caso, son además quienes comparten una manera de entender el cine y el mundo. No es casual entonces que vayamos a conocer a Mario Bocchicchio, el montajista de todos los films de Fontán, que trabaja desde una esfera invisible pero definitiva.

La película comienza con este pasaje: es de noche, una vecina de piso toca el timbre de Gustavo, días después muere. El director entra en la que fue su casa, pero no filma la casa vacía: filma lo que la vecina veía desde la ventana. Creo que en ese pequeño gesto se expresa el enorme respeto con el que este director se para frente al mundo. La sencillez y generosidad que tiene para dialogar con los seres y las cosas.  

En medio de la abundancia de dispositivos de registro que tenemos hoy, Lluvias nos hace pensar que cualquiera de nosotros podría hacer esta película. Y siempre es bueno que un film nos estimule en ese sentido. Porque lo que queda claro es que no hacen falta cámaras costosas ni enormes diseños de producción: sólo sensibilidad y afecto por aquello que se mira. Y después entender cuándo filmar, cuándo dejar de hacerlo y qué de todo eso que quedó registrado abriremos a los otros, como una invitación de ir hacia adentro, hacia la intimidad de lo que somos.

Lucía Torres

AQUELLO QUE MIRAMOS

LLUVIAS, de Gustavo Fontán

ARGENTINA – 2015 – 62 MIN

JUEVES 9 DE NOVIEMBRE – 20:30 HS 

CICLO TRILOGÍA DEL LAGO HELADO (VER PROGRAMACIÓN)

Función en el TEATRO LA LUNA Pasaje Escutti 915 – Córdoba

Entrada libre – Contribución voluntaria

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Entre dos lluvias, una película que se ofrece como un diario.
Llueve. Es de noche. La lluvia se enrosca como una serpiente en los faroles de la calle.
Una vecina, anciana, golpea mi puerta. Son las once de la noche. Está desesperada, pide rivotril. Unos días después muere.
Alguien deja su casa. Los objetos se cargan fríamente en un camión.
La muerte de una vecina, una mudanza, los cielos cargados de nubes, la luz sobre las cosas y los rostros, la operación de un anciano, un viaje nocturno…
Llueve. Los árboles se sacuden y tiemblan bajo el agua.
Entre dos lluvias, una mirada sobre la fragilidad humana.

Sonido: Andrés Perugini
Voz en off: Gustavo Fontán
Montaje: Mario Bocchicchio
Productor ejecutivo: Guillermo Pineles
Producción: Gustavo Schiaffino, Alejandro Nantón, Guillermo Pineles
Cámara, guión y dirección: Gustavo Fontán
Una producción de Insomniafilms, Tercera Orilla, Incaa

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Ninguna cosa, ningún suceso están desprovistos de la potencialidad de suscitar la emoción estética. La lluvia, la muerte de un vecino, una demolición, una mudanza, la memoria almacenada en un video casero en el que un niño juega con un gato y baila, una caminata en el bosque, la conducta de un transeúnte, el reflejo de un ramo de flores en un televisor apagado, los operarios de una obra que se ven desde la ventana pueden adquirir un matiz estético. Eso es lo que resplandece sin prepotencia alguna en Lluvias, película muy cercana a la tradición del diario personal de Jonas Mekas, aunque alejada del cosmopolitismo de este y teñida por la característica impronta poética de Fontán. La clave de la mirada asumida por el director de El limonero real consiste en acopiar signos y eventos cotidianos y estetizarlos para que se desmarquen de la insignificancia habitual que se les atribuye bajo otro código de significación. Dividida en capítulos y acompañada por dataciones no del todo completas, forma elemental de separación que apenas sugiere el paso del tiempo y un cambio en el estado de ánimo, la película ostenta un trabajo minucioso en su materia sonora que enrarece la apariencia de las cosas; así es como Lluvias prodiga varios momentos de una hermosura contundente: las secuencias que tienen lugar en un bosque de pinos son inolvidables, intensidad estética reconocible en toda la obra del director.

Roger Koza

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LLUVIAS, de Gustavo Fontán

TAMBIÉN LAS PELÍCULAS NACIERON PEQUEÑAS

sobre Sol en un patio vacío

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Desde siempre, desde el título, las películas de Gustavo Fontán señalan un territorio a abordar, unas coordenadas simbólicas que en cierta medida serán transformadas frente a nuestros ojos por el cine (cito de memoria y a mi favor EL ÁRBOL, LA CASA, EL LIMONERO REAL, LA ORILLA QUE SE ABISMA, LA MADRE Y EL ROSTRO).  SOL EN UN PATIO VACÍO no será la excepción, y en todo caso y a toda regla, es la reducción fundamental de esa operación. Probablemente toda la Trilogía del lago helado lo sea.

Si las condiciones de su producción fueran el parámetro para medir la grandeza o la inteligencia de esta película, se usarían todos esos eufemismos banales que refieren a pequeñas obras de cámara y películas de transición en la obra de un autor y que sólo sirven para hacer cierta gala de una presumible pobreza de recursos. Pero en cambio, SOL EN UN PATIO VACÍO podría ser la demostración de que Fontán sigue haciendo los mismos pequeños poemas, y acaso en esta película no ha necesitado de agregar ninguna cosa, ningún elemento que escape del alcance prácticamente literal de sus manos.  Su manos, las de Fontán, que veremos en un par de reflejos fugaces que nos recuerdan lo cerca que se encuentra la mirada que da cuenta del universo. Y el universo es eso, el patio vacío, la playa, el agua en el parabrisas, el sonido que no sabremos nunca si fue oído o soñado en el insomne sopor del verano o la piel de esa mujer acariciada por el sol. Esa mujer que una y otra vez se fuga en el plano, y al que su asechanza parece entregarse la película. Esa mujer, que es como el Mcguffin de Fontán, para llevarnos a través de un universo donde el verde es intenso, donde la lluvia es apenas la sugerencia de un plop plop.

Curiosamente el universo de Fontán está poblado de dos cosas que rara vez falten en sus películas: el agua y los árboles. Y de estos dos son los árboles y las plantas las que con toda su fuerza, con todo su color nos hacen notar que el cine nació el día que un obrero salió de su fábrica, que un tren llegó a la estación y al decir de Fontán, que la lluvia mojó los árboles.

Y todo este territorio, poblado de árboles, de una mujer que se escapa, de agua, de un perro en el patio, de unas manos que sostienen una cámara frente a su reflejo, de un subte donde apenas distinguimos la cara de alguien junto a nosotros, donde el sonido no deja de recordarnos que el universo aún es perturbador a pesar de su belleza, todo ese territorio donde el cine repone a través de los objetos la casi total ausencia de otras personas. Salvo ella, salvo los árboles, salvo el mar, salvo todos esos planos que Fontán va engarzando uno a otro para fundar un poema, un lugar desde donde resistir al feroz sonido de este tiempo.

Ezequiel Salinas

TAMBIÉN LAS PELÍCULAS NACIERON PEQUEÑAS