Jóvenes infelices o un hombre que grita no es un oso que baila

de Thiago B. Mendonça – Brasil – 2016 – 127 MIN

APERTURA DE TEMPORADA

JUEVES 10 DE MAYO – 20:30 HS en el Teatro La Luna – Pasaje Escutti 915 – Córdoba

Entrada libre – Contribución voluntaria

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Definida por su director como un “acto de terrorismo simbólico” y un intento de construir un arte emancipatorio, Jovens Infelizes ou Um Homem que Grita Não É Um Urso que Dança  se encuadra en un tipo de cine político que tiene la ambición de ser radical. Esa misma radicalidad es la que experimenta en sus discusiones e intenta llevar a la práctica el grupo de teatro que es el protagonista colectivo del filme.

Los “jóvenes infelices” de la película viven y hacen teatro revueltos y confusos en la búsqueda de una expresión que sacuda e incomode a la sociedad. Marchan en las calles. Discuten y beben. Repudian el mundo burgués en el que intervienen con sus esperpentos teatrales. Y se aman rabiosamente en encuentros de sexo grupal que funcionan como rituales de liberación. “Para comenzar de nuevo, es preciso destruir”, se canta en la primera escena del filme.

(Demian Orosz en su cobertura de FICIC 2017 – nota completa aquí)

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Esta película fue filmada poco antes de la vergonzosa destitución de Dilma Rousseff y su reemplazo por el impresentable Michel Temer. Centrada en un grupo de teatro con una postura resistente y combativa (su lema es “Para empezar de nuevo es necesario destruir”), que sin un programa definido, se rebelan contra todo orden constituido. Ya sea participando en manifestaciones callejeras, actuando en espacios públicos o manteniendo relaciones sexuales grupales, la película es un formidable fresco sobre la situación de Brasil en la que el malestar generalizado y la resistencia al gobierno golpista no logran expresarse a través de ningún programa definido. Film anárquico, con bruscos cambios de tono y de enorme potencia visual, es un testimonio desgarrado y lúcido de la situación del país y, por extensión de otros lugares de América Latina. Finalizada la proyección del film me atreví a decirle a su director que su película tenía un sentido equivalente al de un clásico del cine brasileño y latinoamericano que hace medio siglo filmó Glauber Rocha: Tierra en trance. Puede que la comparación sea algo desmedida pero no tengo duda que estamos ante un film de gran importancia dentro del cine la actual del continente.

(Jorge García en su cobertura de FICIC 2017 – nota completa aquí)

 

Entrevista con el director Thiago B. Mendonça: “El arte puede crear fisuras en la cultura y en la política

Por Demian Orosz

(…) Mendonça piensa su película en el filo del autorretrato y de la radiografía generacional, a través de un grupo de mujeres y hombres que pulsan la insatisfacción a través del teatro y la acción callejera. Poniéndole intensidad a todo lo que hacen. El filme es, también, un espejo. El director, que llegó como invitado a Cosquín, es parte de un colectivo que debate y lleva a la práctica muchas de las situaciones que la película plantea. “En el cine seguimos luchando contra la idea de ser apenas productores de imágenes dóciles para los centros del capital”, dice Mendonça, quien además confiesa no sentirse del todo en su territorio cuando se presenta en los festivales.

¿Toda tu obra cinematográfica se inscribe en el cine de raíz política?

-Sí, entiendo la política como un camino, no como un fin. Política como invención y poesía. La memoria es política. El lenguaje es política. Y las formas como construimos las narrativas de nuestras historias también lo son. Hace 50 años Glauber Rocha dirigió Tierra en trance, apostando al “triunfo de la belleza y de la justicia”. Era una apuesta al futuro en los tiempos tenebrosos de la dictadura y sigue viva medio siglo después. Seguimos apilando derrotas, pero sin perder jamás el horizonte de la utopía, ya que nuestros sueños siempre tendrán tanta importancia como las acciones.

“Para comenzar de nuevo, es preciso destruir”, se escucha en la película. Parece un manifiesto, un plan de acción, y no un programa estético. ¿El arte puede destruir?

-El arte puede crear fisuras en la cultura y en la política, y en esas fisuras puede surgir algo. No creo que el arte pueda hacer lo que la política es incapaz de realizar, pero puede dotar de imaginación a la política. En tiempos en que la izquierda (institucional) y la derecha hablan lenguas similares y disputan hegemonía con proyectos semejantes, pienso que es hora de salirnos de esta disputa estéril para construir un proyecto anti-hegemónico. Tal vez en Jovens Infelizes exista un programa estético para bosquejar: el arte como constante ruptura. Tal vez un camino suicida. Pero, como nos enseña Pasolini en La tierra vista desde la Luna, en el mundo en que vivimos “estar muerto y estar vivo es la misma cosa”.

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La imagen incómoda

Algunas discusiones que tienen lugar en el grupo de teatro, dentro del filme, recuerdan la disyuntiva que se planteaba en el pasado entre generar una revolución con base en el arte o asumir el postulado maoísta de que el poder nace de la boca de un fusil. ¿Esa discusión recupera su poder en el presente?

-Pienso que sí, pero con otras bases. En el mundo mediado por las imágenes, la imagen incómoda también es un fusil. Jovens Infelizes parte de una prerrogativa de terrorismo simbólico, entendiendo el terror como el lugar oscuro que no puede ser incorporado por el capital. Es obvio que eso es una provocación, pero nuestra (des)construcción también incorpora el blef y el riesgo. Creo que estos caminos no necesitan ser disyuntivos sino dialécticos. ¿En el choque de estos caminos no podríamos experimentar tantos otros?

¿El filme es una radiografía de lo que viven algunos jóvenes en Brasil hoy en día? ¿O es más bien un autorretrato? ¿Refleja algo de tu vida cotidiana, experiencias concretas?

-Pienso que es ambas cosas: una radiografía generacional a partir de un autorretrato irónico. Refleja muchas de las contradicciones que vivo y que viven muchos de mis amigos, pero tiene la ambición de ser un filme generacional, buscando comprender cuál es el horizonte que nos fue legado. Ayer, dos amigos palestinos fueron detenidos por enfrentarse a una marcha fascista y xenófoba en San Pablo. Fueron acusados de terrorismo: lo absurdo que especulábamos para el futuro de Brasil en Jovens Infelizes se volvió realidad en pocos años. ¿Cómo construir caminos en un mundo de violencia institucional creciente y horizontes rebajados?

¿Hasta qué punto te reconocés vos mismo en lo que buscan los protagonistas de tu película?

-Vivo cotidianamente muchas de las contradicciones y problemas presentados en la película, sintetizados en el final de Tierra en trance: “La política y la poesía son demasiado para un solo hombre”. Esta contradicción se le hace presente a todos los artistas verdaderos que busquen pensar en Brasil hoy: uno de los únicos países del mundo con el nombre de un producto (el palo Brasil fue la primera fuente explotada por el colonialismo en nuestras tierras). En el cine seguimos luchando contra la idea de ser apenas productores de imágenes dóciles para los centros del capital. Las imágenes que construimos son nuestra historia, nuestra sangre y nuestra memoria.

¿Formás parte de un colectivo de artistas como el que se ve en la película, tiene características similares?

-Sí, las tienen, ya que vivimos cotidianamente la contradicción de buscar un arte emancipatorio en un mundo mediado por el capital. Cuando digo arte emancipatorio no digo solo una dialéctica de forma y contenido, sino también en las formas de hacer, porque nuestro modo de producción y las relaciones de trabajo son centrales en nuestra idea de proceso. El proceso de creación de nuestros filmes es la tentativa de generar islas de libertad frente a un orden mucho más poderoso. Y es de este choque entre la industria cultural y formas artesanales y colectivizadas que nacen nuestros filmes.

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Del teatro al cine

¿“Jovens Infelizes” fue primero una pieza de teatro?

-Era un intento mixto. En el primer momento, el cine contaminaría al teatro. Pero las calles gritaban en 2013/2014 y fue una liberación para el proceso hacer lo inverso: ir a las calles a hacer un cine contaminado por nuestro proceso teatral. En verdad, no veo mucha diferencia entre hacer cine, teatro, enseñar o hacer música. En cualquiera de estos caminos hay una disposición mental y corporal de entrega absoluta, de trance y al mismo tiempo de reflexión.

¿Qué dinámica tuvo el proceso de filmación?

-Tuvimos un largo proceso de ensayos y reflexión. Intentábamos escapar del trabajo alienado a partir de la compartimentación de este proceso. Eran largas discusiones, mucho ensayo, pensamiento sobre lo que hacíamos y una práctica muy fructífera de cambios y contribuciones. Durante este experimento yo testeaba escenas y reescribía el guion. El guion definitivo fue presentado poco antes de las filmaciones. Había mucho de improvisación, pero también marcaciones rígidas, ya que necesitábamos ser rigurosos con la información, porque el filme está contado desde el final hacia el principio, lo que requiere un trabajo dramatúrgico preciso. Al mismo tiempo, gran parte del filme fue construido en largos planos secuencia con cuadros abiertos. Eso fue realizado en un intento de presentar al colectivo sin individualizar a los personajes. Entonces las marcaciones y los tiempos eran fundamentales para el montaje. Esta visión de la representación del colectivo está inspirada en las ideas del cineasta boliviano Jorge Sanjínes en su libro Teoría y práctica de un cine junto al Pueblo, un libro precioso y que necesita ser redescubierto por las nuevas generaciones.

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En una entrevista decías que el espacio de los festivales te resulta opresivo. ¿Por qué? ¿Te sentís incómodo, fuera de lugar?

-Sí, muchas veces me siento un producto expuesto en una gran feria de imágenes. Hay personas que respeto en este universo de los festivales, personas serias que me ayudan a pensar el cine: Roger Koza es una de ellas. En Brasil Cleber Eduardo es una figura central. Pero tengo conciencia de que terminamos por no encajar en una lógica perversa de imágenes para el consumo. Para mí la imagen no es un producto, no tiene precio. Como dice mi amigo Andrea Tonacci em Jovens Infelizes: “Las imágenes son más fuertes que ese carajo que llamamos  producto y mercado y toda esa mierda. Esas imágenes que producimos de esa manera son la historia de nuestro pensamiento. Esa es la historia del pensamiento de la actualidad. Podemos conseguir por medio de esas imágenes, que son mucho más afectivas y amorosas con la realidad, notar mejor cómo somos, cómo actuamos”.

¿El cine permite conectar arte y vida de una manera radical, como buscan los protagonistas de tu filme?

-Sí, vivo el cine 24 horas por día, 24 cuadros por segundo. Pienso y respiro a partir de él. Mi último filme es un largometraje infantil que hice con mis hijas como protagonistas, mostrando sus vidas. Con ellas y para ellas. Fue mi manera de decir cuánto las amo y de eternizar en imágenes un momento lindo de sus vidas. Esta es mi manera de hablar y pretendo seguir dialogando a través de este espejo.

¿Te imaginás haciendo cine por fuera del grupo colectivo?

-Sí y no. Hago películas porque amo, y con las personas que amo. La construcción de las imágenes es para mí un acto de amor con todo lo que esto implica: odio, miedo, inocencia, desilusión, deseos… Puedo salir de lo colectivo, pero esta experiencia nunca saldrá de mí. Llevo conmigo a aquellos con los que construí mi historia, y también a los que construyeron antes que nosotros. Como nos enseñó Mauricio Rosencof, dramaturgo e dirigente de los Tupamaros: “Soy los que estaban”, y con esas experiencias de los que estaban antes es que aprendemos a seguir hacia adelante.

nota original aquí  

 

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