Petit à Petit por Fernando Pujato

No más ceremonias iniciáticas, ni ritos propiciatorios, ni cacerías en la calurosa sabana o pescas en el fangoso río. No más el columpiarse entre lo exótico y lo cotidiano, entre lo ordinario y lo extra-ordinario, entre la colonia y la metrópoli. Y, para lamento de algunos, no más cine-etnográfico, cinéma-direct, cinéma-verité, y todas esas cómodas y un tanto desgastadas categorías con las que se pretende encerrar las miradas, pautar películas, explicar autorías.
Tal vez ese “no más” sea una exageración categórica y una conveniencia escritural para tratar de situar, por la negativa, un film inclasificable, juguetón y comédico. Una exploración…al revés. Pero, muy cerca allí también, está Jaguar, esa suerte de road movie nativa que vemos a través de los ojos de los otros, una operación que ha perseguido la antropologia desde sus inicios, que coinciden, no tan azarosamente, más o menos con los inicios del cine.
Ese ver las cosas desde el punto de vista que los “otros” las ven está, igualmente, en Petit a Petit, en esa París visitada por uno de los socios de la empresa africana para averiguar cómo se construyen esos fantásticos edificios. Entonces, Damouré Zika (en una actuación tan libre como poderosa) deberá empaparse de las costumbres de los parisinos, saber dónde y cómo viven, transitar sus calles, conocer sus costumbres, volcarlas a páginas escritas, a cartas “persas” a las que nadie, ni siquiera a sus socios, convencen.  Un (otro) Rouch, en un lugar que no es el suyo, sorprendido por los contrastes, deambulando irónica y erráticamente por los prodigios de la civilización, por entre aquello que nosotros no poseemos, que nos distingue de los otros, por entre esas nimias cosas -faldas, pollos y árboles- que preferimos usar, comer, y contemplar, en esa tierra a la que se debe volver. No hay nada más allí (aquí) que aprender.
Aunque tal vez sí algo por llevar, además de los planos del edificio que incluyen las distintas estancias para las esposas: una prostituta senegalesa, una joven mecanógrafa blanca, y un clochard, son los bienes materiales importados por la empresa para que trabajen acá, en el Níger. Y, por supuesto, todo se derrumba; las dos mujeres, casadas con Damouré, lo abandonan y parten para Senegal, el vagabundo, cansado de que lo impelen a trabajar, parte a Canadá, la empresa se disuelve. Acaso no tanto por aquél viaje, por querer insertarse en un sistema capitalista claramente foráneo, sino más bien por esas tres incómodas presencias que implosionan un incipiente ordenamiento económico basado en el “comprar barato y vender caro”, en las desigualdades laborales, en el olvido ético y en el goce estético.
Ese extraño y desconcertante final, casi pastoril, del abandono de todo, del retour au pays natal, habla más, quizá, del encanto de Rouch por la gente y el lugar que lo acompañó en su aventura cinematográfica, que del desencanto de un país que abandonó para poder entenderse junto a los otros. Probablemente esa fantasía romántica sea cosa del pasado, una ensoñación poética que culminó en una carretera del Níger hace tan sólo unos pocos años. Seguramente el cofre de sus films es este eterno presente que seguimos descubriendo.
¿Cómo filmar a los otros, como filmarse entre los otros?. La pantalla de la respuesta está en el cine de Jean Rouch. La agnóstica comunión con lo diferente.

Fernando Pujato.

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