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Para seguir el debate…

Encuentro lunar… (en fotos)

pudimos encontrarnos… algunos momentos lunares quedaron retratados, perpetuando esos instantes, la felicidad se hizo cargo de la calle y en la sala, volvimos a dejar nuestras sensaciones, agradecemos habernos encontrado, dejando en el fuego lo que hoy nos queda atrás, eso que también fuimos…

mucha alegría de seguir compartiendo bellos momentos…

un pequeño hasta febrero, con sorpresas…

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Encuentro lunar… (en fotos)

Encuentro Lunar…

Jueves 18 de diciembre, desde las 20 hs

Encuentro lunar, especie de rito, que ocurre durante todo el año y se condesa en una sola noche, donde la confluencia de todas las actividades lunares artisticas, procuran salir una vez más a la calle al encuentro con la gente, con el barrio, con el cielo sin limites, donde la musica fluira por los recovecos, las performances se extinguiran en el instante, la luz de la plastica y las proyecciones confrontaran con las telas, en el intermedio entre el espectador y el reflejo, se producira otro breve encuentro dinamico. Hoy estamos invitando a todas/os a lunatizarnos, a encontrarnos, a disfrutar y disfrutarnos…

Encuentro Lunar…

Por sus propios Ojos

Jueves 18 de diciembre 20:30

POR SUS PROPIOS OJOS

(Argentina, 2007)

Dirección y guión: Liliana Paolinelli.

Intérpretes: Ana Carabajal, Luisa Nuñez, Maximiliano Gallo, Mara Santucho.

Fotografía: Martín Mohadeb.

Montaje: Lorena Moriconi.

El cine dentro del cine, dentro de la cárcel.

Aunque la marginalidad se ha convertido en un tema recurrente en el cine nacional de los últimos años, la película de Paolinelli intenta una mirada diferente, analizando la situación de los presos y sus familiares en una mezcla de ficción y documental.

Por Juan Pablo Cinelli

Desde que el cine argentino se volvió “nuevo”, algunos temas han devenido obsesión. Dentro de este conjunto de empeños la marginalidad ocupa un lugar eminente, tal vez porque la vida al margen permite el surgimiento del retrato extraño, de la sombra de lo otro pronunciándose sobre la improbable seguridad con que el cine mete una y otra vez su nariz pequeño-burguesa en los rincones oscuros y a la vez tentadores de lo marginal como objeto. Por sus propios ojos, de Liliana Paolinelli, intenta desde allí una mirada nueva, si es que esto todavía fuera posible.

Virginia y Alicia (sobre todo esta última) aparecen a priori como el sujeto dueño de esa mirada: dos alumnas de cine filmando su tesis final, un documental acerca de las mujeres de los presos. Madres, hermanas, esposas e hijas, que pasan cada día como si siempre fuera el mismo, sin otra expectativa aparente que la de conseguir uno de los números que se reparten en la puerta del penal, y que les permitirá ver, tocar, sentir al hombre arrancado. Junto con las dos alumnas, el público creerá verlo todo desde afuera, sin compromiso, como si en verdad compartiera con ellas ese lugar de fisgón tan libre de pecado como de arrojar la primera piedra. En medio del clima hostil que comienzan a percibir, la madre de un chico preso, Elsa, se acerca a ellas con voluntad de decir algunas cosas. Las cita en su casa el día después, donde finalmente desiste de hablar, pero esgrime una excusa para pedirle a Alicia que vuelva otro día. Sola. Objeto y sujeto comienzan a perder perspectiva: intercalados, algunos testimonios de mujeres narran las situaciones cotidianas de humillación que deben atravesar para ver a sus hombres.

Elsa le sugiere a Alicia que visite a su hijo Luis, porque su testimonio puede ser más importante que el de ella para el documental. La relación que comienza a crecer entre la mujer y la chica torna esa sugerencia en una velada imposición. La posibilidad de una voz interior resulta convulsiva para Alicia, que sólo pretendía y se conformaba con recoger el eco de las voces externas, todavía alejadas del margen definitivo que la separan de aquello otro, más allá de los propios límites. Ahora es el deseo en ciernes, silencioso, todavía sin carne, el que comienza a jugar: esa curiosidad por lo desconocido que mueve a Alicia, es lo que también ha empujado a Paolinelli a crearse este alter ego dispuesto a todo, para ver por sus propios ojos.

A partir del recurso de retratar al cine dentro del cine, Por sus propios ojos consigue poner una doble distancia con lo marginal, el objeto observado. La primera barrera es ese documental dentro de la película, que separa a las dos alumnas de las mujeres a quienes pretenden retratar y que son el manto superficial de lo que aún permanece semioculto. Luego está la película misma, construcción ideal que contiene tanto al objeto marginal como al pseudo sujeto observador (las alumnas), al fin dos hemisferios escindidos de un mismo mundo a los que se intentará reunir, tomando al espectador real como tercer vértice de un ménage à trois que lo convierte en el único sujeto observador válido: aquel que contempla la pieza completa.

En las notables escenas finales, vívidas en extremo, la estética casi documental de la película –que al fin cierra sobre sí mismo aquel juego de cine dentro del cine–, funde a los protagonistas con su paisaje, logrando empastarlo todo en una mancha única en donde puede intuirse uno de los perfiles posibles de la marginalidad, y aquello otro consigue salir a la luz como miedo, pero también como la resignación que se inclina por lo malo conocido. Sin embargo, lo hace sin haber encontrado un correlato durante la narración anterior, pródiga en largos planos contemplativos que más parecen estirarse para sumar metraje que para connotar. La película acumula algunas escenas que se intuyen como detonadores plantados para disparar empatías con el espectador –la revisación de Alicia para entrar al penal–, pero que sin embargo son transitadas como mero trámite, sin que lo que se supone es una recreación cruda de lo real consiga superar su condición de mecanismo de impacto, pensado para conmover. Revelado el artificio, el efecto buscado se diluye hasta acabar dándole a la escena un tono casi didáctico, muy lejos de convertir al espectador en voyeur de una cámara de horrores.

No sería justo concluir sin destacar el sólido trabajo de los cuatro protagonistas, capaces de manipular, de esconder, pero también de dejarse engañar, de mirar de reojo, como para no ver toda la evidencia que el film acumula hasta hacerla coincidir en ese final tan potente, tan humano. También es fundamental la fotografía de Martín Mohadeb, capaz de contagiar de gris cada fotograma. Con una interesante lista de premios obtenidos en festivales internacionales, Por sus propios ojos resulta un ejercicio cinematográfico eficiente, prolijo en todos los rubros técnicos, al que sus puntos bajos no consiguen debilitar demasiado.

Por sus propios Ojos

Volvemos a servir el cuarto y (ahora sí) ultimo plato, sirve CON LOS OJOS ABIERTOS

Jueves 04 de Diciembre


Programador invitado: CINECLUB CON LOS OJOS ABIERTOS

LOS MOTIVOS CHEJOVIANOS de Kira Muratova

(Ucrania, 2002)

LA CASA ESTA OSCURA de Forugh Farrokhzad

(Irán, 1967, 150 minutos)

DOS PELÍCULAS DE OTRO MUNDO por Roger Alan Koza

El joven e inteligente Ezequiel Salinas y mi querido amigo y maestro Juan José Gorrasurreta me piden que explique por qué he programado dos películas, Motivos chejovianos, de Kira Muratova, (Rusia, 2002) y La casa está oscura, de Forugh Farrokhzad (Irán, 1962). La primera razón que tengo a la mano es decir que ambas películas me gustan mucho, que me conmueven cada vez que las veo, y que una de ellas, La casa está oscura, es una de mis diez películas preferidas de toda la historia del cine. Pero son razones estrictamente personales.

Creo que un programador de cineclub debe ir un poco más lejos e intentar fundamentar sus elecciones más allá de su gusto. ¿Por qué, entonces, elijo un cortometraje sobre una colonia de leprosos ubicada al norte de Irán, uno de los pocos casos de auténtico cine poético, seguido por un largometraje de ficción ruso sobre la vida repetitiva de una familia de granjeros que culmina en una boda interminable visitada por un espectro?

Ambas películas son excelsas propuestas de puesta en escena, es decir lo que ocurre entre los planos y en ellos nos permite acceder a dos mundos extraños a nosotros, pero que no son inconmensurables porque el modo de filmar nos toma de la mano. En el film de Farrokhzad, la concepción del montaje constituye un triunfo poético sobre los materiales esenciales del cine: encuadres, travellings, voces en off, primeros planos, un interminable juego entre la oscuridad y la luz dignifican el padecimiento de la carne y develan un mundo vital, en el que hay instantes joviales y cómicos, y prevalece un sentido de lo comunitario; hay un antes y después de ver esta película, pues condensa el objetivo secreto del cine… El film de Muratova, según Sokurov, la gran cineasta ruso, aporta ese plus más allá de lo real, acaso el vínculo casi ontológico que el cine comparte con nuestro universo onírico. Como en los sueños, las escenas se repiten y una situación puede devenir en una pesadilla. Muratova también apuesta por lo poético, y dos pasajes extraordinarios (uno que involucra a granjeros trabajando, caballos y gansos, y otro que compromete al novio de una boda) unidos por una canción tradicional, dislocan la monotonía y la repetición; quizás aquí no hay un antes y un después, pero sí repiqueteará, más tarde, esos planos en esa sala privada situada en nuestro cerebro.

Realismo y surrealismo poético. Dos películas hechas por mujeres. Dos tradiciones cinematográficas muy lejanas. En síntesis, dos películas ideales para contrarrestar ese fálico y antipoético cine que viene desde California y que corona a los Coen (y a tantos otros) como cifra de una genialidad indiscutible que bien merece nuestra sospecha.

MOTIVOS CHEJOVIANOS

Los miembros de una familia de granjeros repiten las mismas líneas de diálogo mientras un estudiante se prepara para irse de su casa y estudiar; en una interminable fiesta de bodas los invitados no dejan de parlotear maniáticamente mientras que el fantasma del novio interfiere en la ceremonia. LOS MOTIVOS CHEJOVIANOSCon más de 70 años, por cada año que pasa, la gran cineasta Rusa Kira Muratova (El síndrome Asténico) parece ser más transgresora y salvaje. Esta actualización y combinación de dos textos tempranos de Anton Chekhov (una pieza corta de Tatiana Repina y el relato “Naturalezas difíciles”) tienden más hacia la demencial lucidez de Gogol que al realismo irónico de El jardín de los cerezos. Su estilización extrema me resulta hipnótica, hilarante, y finalmente más cercana al hiperrealismo que al absurdo, aunque si uno llega a la sala sin alguna advertencia es posible que uno se sienta aterrorizado y quiera salir rajando. (Jonathan Rosenbaum)

LA CASA ESTÁ OSCURA

Este desconocido film de la gran poetisa Forugh Farrokhzad, cuya muerte temprana ha sido sin dudas una pérdida para la república de las letras y una posible baja para la patria del cine, constituye un hito en la prehistoria de la nueva ola iraní y una obra seminal para una generación de realizadores fundamentales de esa cinematografía (así lo entendió Kiarostami en El viento nos llevará, título también de una poesía de Farrokhzad). En principio, se trata de un documental sobre una colonia de leprosos en el norte de Irán, en el que se articula un discurso médico y poético sobre la enfermedad y quienes la padecen, aunque discretamente es un ensayo sobre la experiencia de vivir en comunidad. Si bien puede ser pensada como una elegía respecto del padecimiento de la carne, Farrokhzad, sin ser voyerista ni condescendiente, devela un microcosmos musical, lúdico, festivo, hasta por momentos humorístico. Pero La casa está oscura excede cualquier clasificación, y es su puesta en escena formidable lo que impone dignidad plano tras plano: los travellings, los primeros planos, la concepción sonora, los contrapuntos entre la naturaleza y el mundo de los hombres, funcionan como una plegaria ubicua y contundente, sobre la contingencia primera de ser un cuerpo. El último plano del film, un plano general de la colonia mientras una puerta se cierra, es un límite ético y estético que todos los grandes cineastas han sabido anunciar: hasta acá se puede mirar, hasta aquí se puede filmar; el resto se resguarda de cualquier mirada. (Roger Koza)

Volvemos a servir el cuarto y (ahora sí) ultimo plato, sirve CON LOS OJOS ABIERTOS